Un día comprendí porqué dedicaban tanto tiempo a cosas cotidianas, aún cuando ambos podrían haber hecho absolutamente lo que quisieran. No existían en ningún papel y físicamente me habían demostrado que casi nadie les podía detener.
Me exasperaba como a veces pasaban semanas en algún lugar alquilado leyendo libros, saliendo a tomar té y paseando. Rechazaban todos los trabajos que llegasen cuando les daba por andar así. Los vi un par de veces, después de pagados de algún trabajo, lanzar los teléfonos al basurero tras de destrozarlos. El dinero les importaba en la medida que les daba libertad, pero lo que gastaban era muy poco en comparación de lo recaudado. Comprendí que tenían muchísimas deudas, pero no parecían pasar algún tipo de estrés al respecto, simplemente compraban tranquilidad.
Viví varios meses preocupándome de cuidar detalles, de las cuentas y muchas cosas que ellos no hacían, me preocupaba aún más por su relajo. Empecé a desear poder dormir tranquila. Olvidé disfrutar la comida y ni si quiera me preocupaba de como estuviese, beber era lo mismo y en la ropa sólo me importaba que fuese caro y me hiciese ver mayor.
Creo que un día pasé el limite, porque fue Ema quién me regañó. Ema normalmente no se preocupa por nadie ni se molestar particularmente con nadie, porque odia a todos.
Botó mi bowl con lo que sea que tuviese incluida la cuchara. Le hizo un gesto a Klaus y aguantando reír me preparó algo. Ema me quitó el telefono, me quitó los zapatos, la chaqueta, me dejó en camiseta y bragas. Me soltó el cabello. "Te apuesto que ese peinado tirante te hace ser más imbécil de lo normal" me dijo. Iba a reclamar, se me apretó el estomago, pero ella se dedicó a revisar mi agenda y mandó a todos mis clientes a que se fueran a tomar lejía... por decir un eufemismo. Si era ella quién se estaba haciendo cargo de algunos de mis problemas... en realidad no tenía mucho qué hacer o preocuparme, estaba hecho y Ema se encargaría se sacarle dientes a la gente. Yo no tengo ni la milésima parte de la fuerza anormal de ella, ni la inteligencia de Klaus.
Comprendí que a Ema le molestaba que no pudiese tener un momento tranquilo como ellos, porque les interrumpía. Llegué a lamer el plato de lo que sirvió Klaus y me dormí plácidamente tras tomar té.
Me costó tomar un ritmo así. Aprendí que con ellos no tenía que preocuparme de nada, ni si quiera de trabajar. Tampoco tenía que retribuir vivir a expensas de ellos. Klaus decía que mi normalidad era un punto fijo en su mundo, que hiciera lo que quisiera.
Nunca temí que no volviesen. Sólo temí que me dejaran.
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